Y aquí estamos.

Quién nos iba a decir a nosotros que, después de tanto tiempo, volveríamos a estar en el mismo punto exacto que cuando nos conocimos. Han pasado muchos meses, años incluso, y, en cambio, aún parece que fue ayer. Tu misma cálida sonrisa, tus mismas bromas improvisadas, tu peculiar inocencia bañando aquel bonito corazón, flotando entre largas conversaciones que, al igual que hoy, no deseaba que tuvieran fin. Tanto tiempo recorriendo caminos separados y, a decir verdad, parece que nunca te hubiera soltado de la mano. Supongo que así pasa con todas las cosas que son de verdad, con todas y cada una de esas cosas que consiguen llegar tan dentro que, ni el tiempo, ni la distancia, ni siquiera cualquier otra circunstancia, consiguen alterarlas, cambiarlas, o romperlas en pedazos. Y tú, como intuí el primer día que la casualidad te puso en el lugar exacto, en el momento y sitio perfectos, llegaste para quedarte. Pasaste de ser alguien cuyo nombre ni siquiera conocía a convertirte en una persona fundamental e imprescindible, a una velocidad tan estrepitosa que, en el preciso instante que fuiste capaz de rozar mi alma sin apenas ser consciente, tuve claro que siempre iba a querer tenerte cerca. Y no me equivocaba. Aún ahora, justo ahora, tienes esa asombrosa capacidad de lograr parar completamente el tiempo, de transformar las horas en fugaces minutos, sin tan siquiera darte cuenta, de crear momentos irremplazables, maravillosos y totalmente extraordinarios. Es bonito ver que, después de todo, pocas cosas han cambiado en aquel par de locos que, un día inesperado, empezaron a dar pasos en común. Reconozco que me encanta esta extraña y nítida mezcla de nostalgia y normalidad, como si, por absurdo que parezca, alguien le hubiera dado a cualquier botón al azar, y me hubiera llevado, sin saberlo, directamente al pasado. Otra vez a ti. Como si nada hubiera ocurrido, sin pausas, ni paréntesis, sin caminos separados, ni silencios, como si todo estuviera exactamente en su sitio, con la misma confianza y naturalidad que solíamos respirar entonces. Y, en este preciso instante, puedo decir con orgullo que me alegro de haber hecho mil viajes, de haber recorrido numerosos lugares, de haberme quedado esperando en cientos de estaciones porque, al final, sabía que, en el tren menos esperado, volverías a llegar. Y no miento si te digo que es ahora igual que ayer. Y no sé cuánto durará, ni cómo seguirá, ni siquiera cuánto tiempo más tendré el privilegio de poder hacerte sonreír. Sólo puedo decirte que, con total sinceridad, desearía que no se apagara nunca. Honestamente, y con el corazón en la mano, ojalá no termine jamás. Ojalá para siempre. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sin ser egoísta... te quise, te quiero.

Nos vi, pero ya no éramos, y creo que nunca fuimos.

Las cosas que no te digo